sabato 26 febbraio 2011

CADA PERSONA ES UNA HISTORIA SAGRADA

El pensamiento y la experiencia de Jean Vanier



1. EL SENTIDO DE LA VIDA.

En nuestro mundo moderno, ¿que sentido se le puede dar a la vida?, ¿que sentido se puede proponer? ¡Tantas personas actualmente están buscando, tantas están perdidas y han perdido la referencia ética, a tantas no les satisface una vida puramente materialista, con unos placeres efímeros o con una búsqueda de poder y de éxito! Tantas entre ellas tienen una inmensa buena voluntad; quieren la justicia, la comunión, la paz. Pero no saben que dirección tomar. La política resulta a menuda falsa, las religiones con frecuencia parecen cerradas y legalistas; la tecnología resulta deshumanizante. Tenemos dos elementos esenciales en la vida humana que pueden darle un sentido, tanto en personas de buena voluntad, sin religión, como en personas que buscan a Dios sea cuál sea su religión. Ser y estar abierto. Tener una identidad clara y estar abierto a los demás. La identidad se recibe a través de la tierra, la familia, la cultura, la educación, a través de la salud física y psicológica; pero también se forma a través de la elección de una profesión, a través de nuestros dones y capacidades, de los valores y motivaciones fundamentales de la vida, de los amigos, de los lugares en los que uno compromete y a través la búsqueda de la verdad sobre uno mismo y sobre la vida. Abrirse a los demás, sobre todo a aquellos diferentes a nosotros, es verles no como rivales o enemigos a los que se juzga o rechaza, sino como a hermanos, hermanas en una misma humanidad, capaces de trasmitirnos la luz de la verdad que se esconde en ellos y con quien se puede vivir en comunión.

Cada ser humano tiene su secreto, su misterio. En algunos se ve claramente el sentido de su vida, en otros difícilmente se ve. Hay un sentido en la vida de cada uno, aunque no se vea. Creo en "la historia sagrada de cada persona," en su belleza y su valor. Esto existe incluso aunque tenga una deficiencia profunda. Cada ser es importante, es capaz de cambiar, de evolucionar, de abrirse un poco más, de responder al amor, de acudir a un encuentro de comunión.

Creo más que nunca en el valor único de cada persona, sean cual sean sus limites; en la necesidad de construir una sociedad más humana donde todo hombre sea reconocido y encuentre su sitio ya que todos tenemos una verdad diferente que aportar.

Las personas con una limitación intelectual me han enseñado que cuando falla la inteligencia se desarrolla más el corazón. Las personas que tienen alguna deficiencia mental o física también nos interrogan con sus cuerpos abatidos y rotos: ¿Por que? ¿Por que estoy así? ¿Por que no me quieren mis padres? ¿Por que no soy como mis hermanos y hermanas? Siempre existen y existirán prejuicios con respecto a ellos. Se les tratas de una forma distante, a veces con piedad, pero más frecuente con desprecio. Un ancho muro los separas de aquellos que son llamados con un nombre terrible: "la gente normal".

Las personas con deficiencia mental, tan limitadas intelectualmente y manualmente, con frecuencia están más dotadas que los "normales" en el plano afectivo y relacional. Sus limitaciones están compensadas por un hiperdesarrollo de ingenuidad y confianza en los demás. Estos seres están más cerca de lo esencial. En nuestras sociedades competitivas que ponen el acento en la fuerza y el valor, tienen más dificultades en encontrar su lugar y parten como perdedores en todas las competiciones. Como contrapartida, dadas sus necesidad y su gusto por la amistad, y por la comunión de los corazones, las personas débiles pueden tocar la sensibilidad y transformar a las más fuertes. En nuestras sociedades fragmentadas y a veces dislocadas, en las ciudades de acero, cristal y soledad, estas limitaciones forman como un cemento que puede unir las personas y crear comunión. Entonces se descubre que estas tienen un lugar, que tienen un papel que desempeñar en las curaciones de los corazones y en la destrucción de las barreras que separan a los seres humanos y que les impiden ser felices.

Vamos en seguida a tratar de devolver su humanidad particular a las personas con una deficiencia, humanidad que les ha sido robada. Se trata de crear un medio acogedor y familiar en el que cada persona pueda desarrollarse según sus posibilidades, vivir lo más feliz posible y ser ella misma.



2. CREAR COMUNIÓN.

La comunión es muy distinta a la generosidad. La generosidad consiste en arrojar semillas de bondad, en hacer el bien a los demás, en ejercer las virtudes heroicas, en dar dinero, en dedicarse a los demás. El generoso es fuerte, tiene poder, hace pero no se deja tocar, no es vulnerable. En la comunión uno se vuelve vulnerable, se deja tocar por el otro. Se da una reciprocidad: una reciprocidad que pasa por la mirada, por el tacto. Es un tomar y dar amor, un reconocimiento mutuo que puede hacer brotar la sonrisa o puede llegar a lo profundo con compasión y las lagrimas. La comunión se fundamenta en confianza mutua en la que cada uno da al otro y recibe en lo más profundo y silencioso de su ser. La comunión se manifiesta en primer lugar en el amor de una madre o de un padre con su hijo. La sonrisa y la mirada del hijo llenan de alegría el corazón de la madre y la sonrisa y la mirada de la madre llenan de alegría el corazón del hijo. Se revelan el uno al otro. No se sabe si la madre da màs al hijo o si el hijo da màs a la madre. Esta comunión se realiza a través del tacto, de la mirada, del juego, de la comida, el baño, los cuidados: la madre ríe, juega, es cariñosa, y el hijo le responde con la sonrisa y la risa, con su alegría y con el movimiento de su cuerpo. ¿Que ocurre en este vaivén de amor? A través de su tacto, de su mirada, la madre o el padre dicen al niño: "eres bello, eres digno de ser amado, eres valioso, eres importantes". Y lo mismo ocurre con el niño hacia su madre. El niño que mira a su madre, el niño que ríe, manifiesta a la madre su propia belleza. Esta comunión es una realidad profundamente humana, constituye lo más fundamental que hay en la vida y en la psicología humana. Forma la base que va a permitir a cada uno de entrar progresivamente en comunión con la realidad de su medio humano, de los demás, del universo. El niño que no ha vivido esta comunión no podrá tener confianza en si mismo; vivirá en el temor y crearà mecanismos de defensa y de agresión para protegerse.

Un ejemplo de lo que significa comunión es la vida de Eric. Un joven ciego, sordo, no andaba, no hablaba y no podía alimentarse solo; tenia una profunda limitación intelectual. Sin embargo, su madre, una buena mujer, no soportaba el sufrimiento de su hijo, y no sintiéndose capaz de ayudarle, le llevó a un hospital psiquiatrico cuando tenia cuatro años. El pequeño, pobre como era, no podía comprender por que su madre ya no estaba, por que ahora le tocaban una multitud de personas y a veces con agresividad. Estaba perdido. Los pocos puntos de referencia que tenia se habían esfumado. Se sentía solo en un mundo hostil. Pasó doce años en el hospital. Tenia unas carencias afectivas terribles. Su corazón era como un gran vacío lleno de miedo y de angustia. Cuando alguien se acercaba a el, tocaba sus manos o sus pies y después comenzaba a agarrarse dando alaridos para que alguien le tocara, para que alguien le amara. Su grito era tan total, tan agresivo, que resultaba insoportable escucharle, recibirle. Había que librarse de sus abrazos. Es evidente que en el hospital se le consideraba un chico que pedía demasiado y mal; con el no había gratificaciones. Estaba muy angustiado, se agitaba mucho, por lo que resultaba difícil de soportar por las enfermeras. De esta forma sus angustias y agresividades fueron desarrollándose hasta un punto insostenible tanto para el como para los demás. No estaba tranquilo, tenia incontinencia, gestos bruscos, daba gritos terribles. Claramente se estaba formando en su interior una imagen herida de si mismo. Eric vivía el drama de muchos niños que tienen una deficiencia profunda. No se les soporta. Sus padres no siempre pueden darles el amor, la comunión, la ternura y los cuidados que necesitan. El niño pequeño no vive sino por la comunión, la mirada y las manos de ternura de la madre. Si se encuentra solo está en peligro. No puede defenderse, es demasiado pequeño, demasiado vulnerable, no tiene defensas. Si no se siente amado, querido, si no ocupa su lugar, vive las angustias del aislamiento. Es el drama del niño abandonado. Se siente solo, rechazado, cree que es porque no es bueno. Porque no es digno de ser amado. Se siente culpable de existir. Está obligado a defenderse como puede y se encierra cada vez mas. Cuando encontramos a alguien como Eric, lo único que hay que tratar de mostrarle es que estamos contentos de que exista, que le amamos y le aceptamos tal y como es. Pero ¿como demostrárselo si no ve ni oye? No le podemos decir nada. El único camino posible es a través del tacto, el único lenguaje en estos caso es el de la ternura a través de las manos: un lenguaje de dulzura, de seguridad, pero también un lenguaje que revela que es digno de ser amado. El cuerpo constituye así, el fundamento y el instrumento de al comunión. De esta forma, por todo el cuerpo, por la mirada, el tacto y la escucha, se puede manifestar a alguien que es bello, que es inteligente, que es valioso, que es único.
Para la comunión, el lenguaje más importante es el no verbal: el gesto la mirada, el tono de voz, la actitud del cuerpo. Son estas cosas las que revelan el interés que se tiene por el otro, lo mismo que el desinterés, el desprecio y el rechazo. Para los que tienen deficiencias en el plano del lenguaje verbal, el cuerpo se convierte en lenguaje esencial. Cuando el niño o la persona que no puede explicarse mediante la palabra sabe que es comprendida nace en ella una nueva convicción: la convicción de que es una persona que tiene derecho a poseer y expresar sus deseos, que es comprendida, la convicción de ser y de tener un valor.

Las personas débiles nos conducen a lo màs profundo que hay en nosotros mismos. Sus rostros alegres, sus cuerpos relajados, nos revelan lo que somos. Uno se hace pobre ante el otro, se descubre que no se tiene nada externo para dar; solamente el corazón, la amistad, la presencia. Y todo esto ocurre con pocas palabras, a través de la mirada y del tacto. En ese momento es cuando se descubre que en esta persona debilitada, desamparada, existe una luz que brilla, que escuchándole uno se enriquece, se aprende algo de lo humano y de Dios. Es un momento de comunión que es fuente de curación para los dos.

Nosotros estamos acostumbrados a que el débil necesite del fuerte. Es evidente. Pero la unidad interior, la curación interior, se realiza cuando el fuerte descubre que necesita del débil. El débil despierta y revela su corazón; despierta las energías de ternura y de compasión, de bondad y de comunión. Despierta la fuente. Descubriendo la belleza y la luz en el débil, el fuerte comienza a descubrir la belleza y la luz de la propia debilidad. Más aun, descubre la debilidad como el lugar privilegiado del amor y la comunión. El débil molesta pero también despierta el corazón, lo transforma y le hace descubrir una nueva dimensión de la humanidad. Le introduce no en un mundo de acción y competividad sino en un mundo de contemplación, de presencia y de ternura.

La dificultad en este ámbito no consiste tanto en detenerse y escuchar a una persona diferente. Ciertamente existe el miedo a volverse vulnerable, el miedo incluso de que el otro abuse de nosotros, pero, más profundamente, existe el miedo por todas las consecuencias. ¿Estamos dispuestos a ser incomodados así y a vivir todas las consecuencias de la comunión? Consecuencias que afectan el empleo del tiempo, a la disponibilidad, a las responsabilidades ya tomadas, o quizá simplemente a la posibilidad psicológica y afectiva de acoger a otra persona en nuestro interior. Hay que optar. ¿Estamos dispuestos a orientar nuestra vida de otra forma, a renunciar a algunas actividades, a algunas momentos de ocio o algunas distracciones, incluso a una cierta forma de trabajo que gusta, a alguna amistades superficiales, para vivir una nueva forma de relación? En efecto esta relación, en la que se descubre a la persona desvalida, sus sufrimientos, su grito, su necesidad profunda, conduce a nuevos caminos en los que las barreras del corazón comienzan a caer, en los que uno se vuelve un hombre o una mujer de comunión. Un camino de liberación, de paz interior, un camino de esperanza.


Taller

"La estructura y organización de la Familia con un hijo con discapacidad" Mérida, Yucatán. Mayo 1999.

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